Si me sigues por Twitter, ya sabes que tengo un shadow ban porque soy una chica sucia. Por si no sabes qué es un shadow ban,se trata de una técnica que usan las redes sociales y otras plataformas para limitar la visibilidad de una cuenta sin notificárselo a la persona o cuenta afectada. Es decir, en lugar de eliminar directamente el contenido o la cuenta, el algoritmo de la plataforma lo invisibiliza para otros usuarios, lo que hace que te sientas ignorada y, además, dejas de recibir notificaciones por interacciones con tu contenido.
Creo que tengo un shadow ban desde hace un mes, más o menos. Diría que el detonante fue el día que publiqué una foto de un dildo, por supuesto el algoritmo reconocería (correctamente, por cierto) como un pollón. Pero es posible que el shadow ban venga desde mucho antes, el didlo fue la polla que colmó el vaso.
Para alguien que no usa las redes para compartir su trabajo, probablemente esto suena a pataleta, da lo mismo, ¿no? Al fin y al cabo, tu trabajo lo tienes en tu disco duro. Es difícil hacerse la idea del esfuerzo que comporta crear un contenido y, más esfuerzo es, crear una comunidad a su alrededor, a esto se le suma la dificultad de crear contenido para adultos. Y justo ahora que acabo de sacar mi novela, me censuran, tengo poquísimo margen para promocionarla. Las plataformas y redes sociales tienen en el punto de mira este tipo de contenido. Lo que yo hago, audio y texto, está entre dos tierras, en un limbo que, si no te haces muy conocida, no pasa nada. Sin embargo, en el momento en el que empiezas a expandirte y a ganar seguidores, esa tierra de nadie se convierte en un lodazal. El shadow ban significa que, aunque no publique contenido explícito, estoy silenciada. Si alguien busca en Twitter mi usuario, tendrá que teclear específicamente @bantialos, de otro modo no aparezco (por ahora y esperemos que por poco tiempo), también significa que, si buscan cualquiera de mis programas, no sale, si buscan po mi novela, tampoco, si buscan un hashtag que yo haya utilizado, tampoco aparezco en los resultados. Y así será hasta que alguien o algo decida que soy decente otra vez.
Además de lo de Twitter, hace un mes Spotify eliminó mi programa JOI (Jerk Off Instructions) Mastúrbate conmigo de su catálogo. No me avisó y todavía no ha respondido a mi correo electrónico preguntando qué había pasado. Yo sé qué ha pasado: es un podcast explícito en el que me masturbo y doy instrucciones para que otras personas lo hagan. Es algo incorrecto y no merezco ni que se ensucien respondiéndome. Es pornografía para los oídos. Como ya me conoces, sabrás que me encanta ese apelativo y lo uso con orgullo para describir lo que hago.
Lo que me sorprende aquí es el doble rasero con el que se censura. En Instagram, el límite son los pezones y las rajas, pero con un leve pixelado o con un sticker encima ya estamos todos libres de pecado. Sobre todo, si esas fotografías son artísticas o relacionadas con la moda porque si el único objetivo de esas fotografías es despertar la excitación, seguramente estarás en esa zona pantanosa por la que, si te das el lujo de dejarte escurrir, te censuran. No puede haber goce por el simple hecho de gozar. Tenemos que ocultar el guarrindongueo bajo otras capas: la moda, el arte, el maquillaje o, incluso, la educación sexual. Porque sí, la educación sexual también nos pone cachondos ¿o no te hiciste ninguna paja con lo que te habían contado en clase?
Mi despertar sexual fue muy temprano. Te puedo hablar de recuerdos masturbándome cuando iba todavía a prescolar, por supuesto, en ese momento no sabía qué hacía ni qué era, pero me hacía sentir muy bien. Recuerdo restregarme en la cama bocabajo con el colchón con la almohada, con cualquier cosa que me pareciera que iba a hacer la función. Era algo que hacía a solas, no sé si porque yo lo deseaba así o porque en algún momento alguien me dijo que no lo hiciera y no lo recuerdo. No puedo olvidar el momento en el que me di cuenta de que podía conseguir lo mismo con mis propias manos, ese momento fue liberador porque allí empecé a probarlo de todas las maneras, pero seguía sin saber qué era eso que me hacía sentir tan bien. Hasta que un día, seguramente en alguna revista para mujeres, entendí qué era eso. ¡Me estaba masturbando!
Cuando era niña no necesitaba un estímulo para hacerlo, me tocaba y me corría. La adolescencia abrió la puerta a la sexualidad y empecé a descubrir que podía estimularme de otros modos y pensando en personas. Empecé a masturbarme mirando fotos de hombres, cualquier hombre en cualquier revista podía servirme; usaba las ilustraciones del aparato reproductor de mi libro de texto; robaba las películas porno de mi hermano, por supuesto; y lo que más me gustaba era leer las secciones de consultorio sexológico de las revistas para mujeres.
De esas secciones sacaba ideas, fantasías, pero, sobre todo, resolvía muchas dudas y creo que para mí esas lecturas fueron fundamentales para no estigmatizar el sexo, a pesar de lo que podamos opinar de ese tipo de publicación. Es cierto que muchos reportajes de moda cosificaban a la mujer y mostraban un tipo de cuerpo uniforme que nos ha lavado el cerebro a todos, pero también es muy cierto que, las que nos molestábamos en leerlo, encontrábamos una información que era difícil encontrar en otros sitios. Lo mismo pienso de la pornografía hay contenido que es más superficial y otro que puede ayudar a alguien a comprender su sexualidad o explorar fantasías que había reprimido.
Sí, lo que hago es explícito. La pregunta que quiero lanzar es ¿por qué si uso la palabra polla o coño tengo muchas papeletas de ser censurada, pero si uso eufemismos como “centro de placer” tengo carta blanca? Te lo digo yo, por la hipocresía del censor que censura el placer por el placer. El placer no puede ser un objetivo en sí mismo, tiene que ser un medio, en su modo más evidente y arcaico, un medio para procrear. Te lo ilustraré así: si sabes buscar, en Spotify encontrarás masturbaciones guiadas que en el fondo son JOIs como los míos, pero adornados con música New Age y palabrería de meditación. La censura no llegará sobre ese contenido porque el censor solo calla a quien dice las cosas por su nombre para que todo el mundo las entienda. Pero, al final, el que necesita una ayuda para masturbarse lo hará con mis palabras, con un cuadro de Picasso o mirando un cartón de leche.

