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Alguien me pidió que le contase una experiencia personal y gracias a él he recordado la primera vez que me sodomizaron. Pronto te compartiré el audio que hice, pero mientras, aquí tienes este pequeño relato sexual y real sobre esa maravillosa noche en que me rompieron el culo.
Escucha la historia en mi programa JOI (Jerk Off Instructions) Mastúrbate conmigo
En el último curso siempre te rompen el culo
Estudiar en un campus grande es vivir en un ecosistema distinto
La universidad es siempre un periodo especial de descubrimientos. Inicias una nueva etapa con nuevos personajes a tu alrededor que te permiten encontrar una nueva yo. El último año es agridulce. Supone que al siguiente tienes que empezar algo nuevo, quizás trabajar, quizás especializarte, quizás un año sabático. El temor a ese cambio a menudo te lleva a boicotearte, a no querer salir de ese ecosistema que has llegado a conocer tan bien y en el que te sientes cómoda. Compartía piso cerca del campus con otras compañeras de facultad. Desde el inicio de curso me había peleado con esas sensación agridulce de querer terminar la carrera y no querer dejar atrás mi vida de estudiante.
Los últimos meses del curso había ganado mi deseo de empezar a trabajar y de tomar las riendas de lo que fuera que iba a venir después de la protección que te da la vida de estudiante. Cuando estudias sabes qué tienes que hacer: aprobar. Sin embargo, después llega el vacío. Los meses que había perdido divagando sobre ese dilema, los tuve que suplir con noches en vela en la biblioteca. El campus era un lugar vacío y poco iluminado por la noche y la biblioteca era un lugar encapsulado y silencioso que se había convertido en mi nuevo hogar. Algunas noches incluso llegué a dormir allí unas horas antes de presentarme a las clases por la mañana.
Siempre me sentaba en el mismo rincón, cerca de los pasillos en los que tenía los libros que podía necesitar. Muchas veces el estrés podía conmigo y tenía dificultades para concentrarme. La cabeza se me iba a cualquier sitio y aprendí que lo que me ayudaba a ahuyentar los nervios era un orgasmo. Me iba al baño y me hacía un dedo. Era algo rápido. Meaba y me quedaba de pie con los pantalones por los tobillos: me separaba los labios con una mano y con la otra iba directamente a al clítoris. Jugaba un poco con él para hacerlo crecer y cuando sentía el latigazo, la sangre que se empezaba a reunir en mi coño, empezaba a mover la mano frenética. Me gustaba, y todavía me gusta, masturbarme de pie, te hace sentir urgencia, como si alguien fuera a abrir la puerta y encontrarte allí de pie, en esa posición ridícula.
El coño se me humedecía y la mano se deslizaba de lado a lado como un pez, la respiración se cortaba y contraía el ano como una especie de invocación orgásmica. La corrida se acercaba tenaz y justo antes de terminar me abofeteaba el coño para detenerlo. Me quedaba de pie, sin tocarme, apoyándome en las dos paredes del baño, las piernas me flojeaban, esperaba unos segundos y volvía a la carga. Entonces era definitivo, volvía con la mano, haciéndose hueco entre los labios sin la ayuda de la otra. Una vez la acomodaba entre los panes de mi sándwich, sin tregua pulía mi coño como si la institutriz estuviera a punto de llegar y de pillarme sin la tarea terminada.
El movimiento arrastraba a un lado y otro toda mi carne y yo, sintiéndome a punto de terminar, tenía que sujetarme en la pared. Cuando llegaba el torrente de placer miraba al techo y tenía que contener el grito, soltando el aire denso que expulsaba desde el coño. Todavía hoy me masturbo pensando en esas pajas en la biblioteca. Volvía a mi mesa tranquila y capaz de concentrarme por horas. La soledad me hizo valiente y un día decidí masturbarme en mi mesa y, desde esa noche, empecé a llevar falda para facilitarme la tarea.
Las noches eran largas y productivas, sentía que ese sacrificio que me estaba imponiendo funcionaba. Sobre todo porque empecé a verlo como un regalo en vez de como un castigo. Cada noche que salía de casa hacia la biblioteca pensaba “no vas a estudiar, vas a masturbarte”. Ese cambio de perspectiva era como un cebo para mí misma. Los días pasaban y el temario se iba complicando, se acercaban las fechas de exámenes y algunos días incluso me masturbaba dos o tres veces. A medida que se acercaba el fin de curso, la biblioteca se llenaba más. Algunos días tuve que volver a tocarme en el baño, sin embargo a altas horas de la noche la biblioteca seguía casi vacía y los pocos que estábamos nos alejábamos lo más que podíamos unos de otros.
Estaba sentada en el suelo de un pasillo, buscando un libro en un anaquel a ras de suelo. Unos pies se acercaban, despacio. Yo seguí buscando sin prestarle más atención. Levanté la vista al cabo de unos segundos y lo encontré de pie junto a mí. Me estaba mirando y sonriendo desde allí arriba. Le saludé y sin dejar de mirarle. Estuvimos mirándonos a los ojos unos segundos. Mecánicamente me puse de rodillas y mis manos se dirigieron solas hacia la hebilla de su cinturón. Él tenía las manos a los lados y la sonrisa se desdibujó para dejar los labios quedaron entreabiertos tratando de respirar en silencio.
Desde ahí abajo recordé su rostro. Habíamos coincidido otras veces en la biblioteca, cada uno en su rincón. Imaginé que me habría estado observando y buscando un momento para acercarse. ¿Me habría visto pajearme en la biblioteca? ¿Se habría pajeado mirándome?
La espiga de la hebilla salió del agujero de la correa. Una vez liberado del cinto, desabroché el botón y bajé la cremallera. El mástil luchaba por salir del calzoncillo. El pantalón se desplomó hasta sus tobillos. Introduje los dedos por el interior de la goma de los calzoncillos y los hice bajar. Cuando la goma descendió por debajo de los huevos, su polla, coqueta, me golpeó la frente varias veces bendiciéndome. Aproveché para levantar la cara y buscar con mis labios su glande. El tamaño del tronco era generoso, su columna, sin dejar de impresionarme, no era de las más largas que había visto. En conjunto era de sobresaliente y sí, en términos generales, era el cipote más grande que había visto hasta la fecha. Le olí el rabo, y después bajé a sus huevos que quedaron desparramados por mi cara mientras yo olía y chupaba lo que la posición me permitía. El chico seguía quieto, vigilante, cuidando que no se acercara nadie, cuidando no hacer ruidos, cuidando no llamar la atención.
Le besé todo el tronco hasta llegar a la cabeza, le pasé la lengua por su ciruelo. Me la dirigió a la boca y la primera vez entró hasta la mitad, la segunda vez la hice entrar hasta la raíz. Sentía su glande en mi garganta. Las babas provocadas por los principios de náuseas me chorreaban por el labio inferior. Mientras sacaba la polla apreté los labios con fuerza para sorber aquel helado que me había encontrado entre los libros, me quedé con el glande en la boca chupando como un bebé hambriento mientras mis manos le daban un suave masaje a sus huevos. El coño me palpitaba y pedía a gritos que llegase algún visitante a llenarme.
Me empecé a tocar y al verlo, mi nuevo amigo se puso de rodillas frente a mí. Con mucha precisión me movió como si fuera una muñeca de trapo con alma de alambre hasta colocarme de cuatro patas: mi culo quedó en pompa frente a su paquete. Me levantó la falda y la dejó sobre mi espalda y me bajó las bragas hasta las rodillas. Esperé obediente que me penetrase con su cañón, sin embargo lo que me llegó fue su lengua. Me recorrió la raja del culo con la lengua blanda y yo bajé los riñones para que tuviese mi coño más a mano. Era un chico listo y bajó con su lengua hasta el clítoris. Me hizo una repasada besándome con lengua por todo el trasero. Ahora era él el bebé que sorbía su comida. Mientras repasaba todos los pliegues y repliegues de mi culo, yo tenía la cabeza en el suelo, apoyada sobre mis brazos y miraba hacia la entrada vigilando que nadie se acercara. Me dedicó muchas vueltas con su dura lengua alrededor del ojete mientras trataba de meterla.
Me escupió en el ojete tres veces, agarró su palo con la mano y apuntó el glande en mi diana. Los dos respirábamos profundo, tratando de no hacer ruido sin escatimar en placer. Encontró la entrada a mi cueva y presionaba lo justo para mantenerla en el umbral de mi culo sin que entrase. Presionó con sus riñones para introducir un centímetro. Aunque yo estaba deseosa de tener toda esa polla dentro del culo, mi esfínter todavía no se había relajado ante el intruso. Con medio glande dentro, mi acompañante se escupió en los dedos y lubricó la parte que quedaba expuesta. Volvió a presionar con un suave golpe de riñón y mi ojete, cedió. Exhalé. Tenía medio tronco dentro y los músculos de mi culo totalmente relajados y dispuestos a disfrutar del invitado.
Empalada como estaba, sentía los huevos aplastarse en mis labios. Nos quedamos inmóviles, respirando, sosteniendo el placer, él agarrándome hacia sí por las caderas. La sacó toda y dejó el glande dentro. La volvió a meter. Respirábamos. Su espalda rompía como una ola en mi grupa. Desde atrás bajó una mano hacia mi vulva. Podía abarcarme todo el monte de Venus y llegaba con un dedo hasta mi clítoris. Intentó meterme un dedo, pero le fue imposible hacerlo sin dejar de follar mi culo. No pude evitar gemir, levantó mi espalda, me puso de rodillas para seguir follándome y taparme la boca. No podía parar de gemir, a él le excitaban cada vez más mis ruidos y a mí me calentaba que me amordazase con su mano. Estaba tenso y ciego de lujuria, se mordía el labio para no gritar. Me embestía aplastándome la cara en los libros y yo sentía mi flujo chorrearme hacia abajo por la pierna.
Cayeron unos libros y su respiración se hacía más seca, lo mismo que sus entradas a mi gruta. Me abrazaba fuerte para sentir mi espalda en su pecho y apretaba su mejilla contra la mía. Su polla había crecido dentro de mí y me hurgaba tenaz en lo más profundo. Mi coño palpitaba y mi culo comprimía la polla de mi amigo al unísono. Estaba a punto de correrme y él también. Hizo unas embestidas muy rápidas. Se detuvo y lo volvió a repetir las embestidas como quien menea una máquina que no le devuelve una moneda hasta que el precioso metal, cayó y me llenó el culo de lefa.
Las últimas entradas fueron largas, lentas y tensas, él buscaba que mi ojete exprimiera todo su líquido y así lo hizo. Salió de mí, me quedé de rodillas y el se tumbó boca arriba con su cara entre mis piernas. Me miraba el coño desde abajo y con una mano separaba mis labios y acariciaba mi clítoris con un dedo. Le acerqué mi coño a su boca y comió obediente. Me contoneé sobre su cara hasta que me corrí en su boca, pero él no quería que me fuera, quería ver salir su lefa de mi culo y yo me quedé de rodillas sobre su rostro hasta que la leche le manchó las mejillas.
Me bajé la falda y me fui a mi mesa, él se quedó en el suelo unos minutos, con la polla al aire mirándome mientras yo seguía con mi tarea. Solo se levantó cuando oímos unos pasos acercarse.
