El internado

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Cuando era adolescente uno de mis mayores deseos era vivir en un internado, vestir de uniforme y compartir habitación con amigas. Si te soy sincera, nunca pensaba en esto como algo sexual, simplemente me llamaba la atención vivir en una especie de Howargts, pero sin los sortilegios. Cuando crecí me empezaron a gustar mucho las varitas mágicas y menos los internados. Recientemente me ha escrito un Fan que vive en un internado y esta fantasía adolescente ha vuelto a mí cargada de erotismo. ¿Te apetece que te la cuente?

Escucha la historia en mi programa JOI (Jerk Off Instructions) Mastúrbate conmigo

Y descubrí los fetiches...

Los finales de verano siguen siendo verano

Aunque compartía habitación con otra compañera, eran finales de agosto y ella no estaba. Regresé al internado unos días antes porque mis padres tenían que ir de viaje. Nos resultó a todos más cómodo, el único problema es que tenía que pasar unos días sola en el internado con algunos de los profesores. Me iba a dedicar a preparar el curso, estudiar, hacer deporte. Tenía todo el instituto para mí. No era un mal plan.

El primer día llegué por la tarde y apenas deshice las maletas, cené y me fui a dormir. Al levantarme la mañana siguiente, me puse el bañador, fui a desayunar con la toalla al cuello y me encontré con Héctor, el profesor de Educación Física. No llevaba el chándal con el que siempre andaba por el instituto. Los tejanos y la camisa blanca a medio abrochar me hicieron mirarle una segunda vez. Y una tercera, que fue cuando me devolvió la mirada con una sonrisa. Después de acercarse al bufé, sé sentó delante de mí. Había estado viajando por Asia todo el verano y acababa de regresar al internado esa mañana. Tuve unas ganas terribles de contarle como había perdido la virginidad ese verano. De hablarle de la polla de ese chico que me había follado en un bosque del pueblo de mi abuela. No sucedió. Solo pude contarle que había aprendido a hacer surf.

Como el resto de las instalaciones, la piscina estaba vacía. Ni siquiera estaban los carriles, la piscina era toda para mí. Antes de calentar, me lancé de cabeza. Tirarse al agua se llevó conmigo todos mis pensamientos excepto el cuello de la camisa del profesor. Quería olerle, quería meter mi nariz en su cuello. Nadé sin salir hasta la zona menos honda y cuando saqué la cabeza para respirar me encontré en el borde de la piscina al profesor con su speedo, su torso musculado y el gorro negro. Se había animado a acompañarme en mi rutina. Se había oxidado, me dijo, y tenía que ponerse en forma para el inicio de las clases. Yo estaba aturdida y no veía el óxido en ningún músculo de su cuerpo. Se metió en la piscina por la escalera.

Empecé a hacer estiramientos ayudándome del trampolín. Yo también estaba algo tiesa y noté como todos mis músculos se ponían en acción. También noté como se me inflaba la vulva. Se acercó a mí con la misma naturalidad que lo hacía en clase y me ayudó, más todavía, con mi calentamiento. Crucé los brazos por delante, agarró de los codos y me arqueó la espalda. Noté su paquete apoyado en mi culo. Mi inexperiencia me hizo dudar de si esa polla estaba ya dura o no. Quizás solo estaba morcillona. Me palpitaban los labios y yo no sabía si estaba nerviosa o estaba cachonda. Cerraba los ojos y me dejaba guiar por él y nos imaginaba a los dos haciendo eso mismo desnudos en su habitación.

Me soltó y me ayudó a estirar los brazos. Después las piernas y cuando lo hacía acercaba sus manos a mis ingles. Me vio respirar profundamente y sonrió. “¿Estás bien?” Afirmé con la cabeza y le devolví la sonrisa. Me senté en el borde la piscina para que el pudiera ayudarme a estirar los gemelos y los pies. Los tenía destrozados, llenos de heridas de hacer deporte en la playa. En ese momento yo no podía parar de mirar lo que hacía. Él estaba en el agua estirando los dedos de mis pies uno a uno. Los acariciaba y metía los de sus manos entre los de mis pies. Separé mis piernas de forma intuitiva apoyando mis manos justo delante de mi coño.

Observaba los dedos de mis pies de cerca con una sonrisa. Besó cada uno de mis dedos, olió la planta de mi pie y la lamió toda. Después se introdujo cada uno de ellos regodeándose en el dedo gordo. La sensación era totalmente nueva para mí. Sentía que tenía el coño a chorros y bombeando. Cerré los ojos. Me quería correr y quería disfrutar la boca de mi profesor. Levanté la pierna y el tuvo que bajar y echar para atrás la cabeza para seguir comiéndome el pie. Jugaba con el talón succionándomelo. Apoyé el pie que tenía libre sobre la cornisa y me aparté el bañador a un lado. Había follado solo una vez, pero me masturbaba muchas veces y sabía lo que quería.

Cuando descubrí mi coño me miró todavía con un dedo de mi pie en la boca. Se acercó a mi entrepierna mientras no dejaba de mirar mi mano dando círculos. Escupió y siguió mirando. Tenía los dedos de sus manos entrelazados con los de mis pies y los ojos clavados en mi coño. Se acercó todo lo que pudo y asomó la lengua, detuve mi mano y el lamió con la lengua ancha, grande y dura toda mi raja.

Soltó los pies y con las manos me separó los labios. Los recorrió con su lengua de arriba a abajo y hacia los lados. Se detuvo en mi clítoris para besarlo y succionarlo. Introdujo un dedo y yo le abrazaba con mis piernas apoyándome hacia atrás en mis manos y levantando el culo hacia él. Quería que entrase todo él en mí. Me preguntaba como sería su polla. ¿Me haría daño? ¿Me gustaría más que el otro?

Me comía haciendo ruidos, sorbiendo y moviendo la cabeza de lado a lado con la lengua fuera. Yo pegaba mi pubis a su boca, casi ahogándole. Tenía miedo de dejarle sin respiración, pero él no se echaba para atrás. Me pedía más. Bajaba su lengua hasta mi culo y me lo comía. Me sujetó en el aire sosteniéndome con las dos manos en mis nalgas, buscando mi ojete y me lo besó con la misma pasión que me había comido el coño. Grité de placer con las piernas al aire. Me dio la vuelta y me apoyó en la cornisa con el culo en pompa. Sentí frío suelo en mi tripa, mi mejilla y mis pechos. «Me iba a follar así. Me iba a follar el culo en la piscina», pensé.

Apartó la parte baja de mi bañador y me descubrió el culo. Chupó mis nalgas, las mordió, pasó su rostros por él. Separó las nalgas con las dos manos y me escupió. Sentí la saliva dar diana en mi ojete. Otro lapo. Otro. Me metió dos dedos en el coño y con el pulgar de esa misma mano me estimulaba el clítoris. Después, se ahogó en mi culo, se lo comió como si fuera la primera vez que comía en días. Puso su lengua dura y me la metió por el culo. Entera. No entendía como podía hacer eso, pero lo estaba haciendo. Yo me sentía como una niña muy pequeña. Disfrutaba, quería más. Aunque quería, no sabía si gemir más fuerte o callar. Me acordé de los sonidos que hacen los cerdos y me sentí así. Todo empezó a ir más y más rápido, estaba descontrolada, respiraba cada vez más fuerte y se me entrecortaba la respiración. Encorvaba la espalda para ayudarle y después sentía como que me estrellaba contra una pared. Cerré los ojos y vi estrellas en lo negro. Espasmos en la espalda, las rodillas y él en vez de apartarse de mí, apretaba su boca y sus manos con más fuerza. Tuve todo el cuerpo rígido y espasmódico unos segundos hasta que me relajé. La respiración era profunda. Él me colocó el bañador, me besó como un padre en la nalga. “Te veo esta noche en tu habitación. ¿Te apetece?” No supe decir que no y él se puso a nadar.

La verdad es que me pasé el día pensando en si eso que habíamos hecho era follar o no. Al fin y al cabo, solo me había chupado. Ojalá el del pueblo me hubiese chupado tanto. Después de haber follado con él, me sentía como una adulta y, sin embargo, la experiencia con el profesor me hacía sentir lo contrario. Me había mostrado posibilidades que ni me había imaginado y si eso me había hecho en unos minutos en la piscina, ¿qué no podía hacer si teníamos más tiempo? Mis planes de estudiar ese día se fueron al garete. Estuve varias horas en la biblioteca y lo único que hice fue esconder un libro entre mis apuntes para que ninguno de los profesores que rondaba por ahí lo pudieran ver.

Bajé a cenar y lo vi en otra mesa, con otros profesores. Yo estaba sola y todos los profesores pasaban a saludarme y a darme la bienvenida. Por supuesto, también él. Aprovechó para decirme que pasaría sobre las doce para esperar a que todo el mundo estuviese dormido. Antes del inicio de las clases estaba no había guardianes, las pocas que entrábamos antes sabíamos que el internado era casi un paraíso. No quería hacerlo, pero mientras me duchaba tuve que masturbarme con la alcachofa de la ducha. Sentía mi coño abierto al cosmos pidiendo que alguien lo rellenase y lo único que me sacaba ese pensamiento eran los orgasmos. Sin embargo, en seguida quería otro. Me masturbé de pie apoyada en el lavabo. Me miraba el coño desde arriba, me lo separaba y disfrutaba dándome placer. Tenía miedo de estar saciada para cuando llegase el profesor, pero no podía parar. Tenía que correrme y correrme.

Ajusté la puerta sin llegar a cerrarla como me había dicho. Con el pijama puesto me tumbé en la cama y la mano se dirigió mágicamente a mi coño. “Solo una vez más antes de que llegue”, cerré los ojos y dejé que mis dedos trabajaran solos. “No te duermas”, me decía mientras la sangre volvía a arremolinarse en mis labios, en mi coño, en mi clítoris. Separé las piernas todo lo que pude y mi mano se volvió loca, tenía los dedos húmedos de flujo, apreté el culo hacia arriba y me corrí.

Al abrir los ojos encontré al profesor de pie mirándome. Le sonreí y me disculpé. “No sé qué me pasa”, “Todo está bien, todo está bien”, respondió. Se desabrochó la camisa y me mostró su torso. Me senté en la cama e hice el ademán de quitarme el pijama. No me dejó. Quería que le mirase y eso hice. La camisa cayó al suelo y él siguió con sus tejanos. Dejó el capullo asomando por sus calzoncillos, se bajó el pantalón y lo apartó a un lado. Al acercarse a mí posé mis manos sobre su paquete. La tela del calzoncillo estaba caliente. Olí el glande y lo besé varias veces. Se bajó los calzoncillos y al liberarse el cipote me golpeó con él en la frente. De un impulso lo agarré con una mano y me lo metí en la boca. Suave, pero preciso él se apartó de nuevo.

Jugó con su polla ante mí. Suave, sin acelerar, movía la pelvis y no dejaba de mirarme a los ojos. Me ofreció la mano que tenía libre y me puse de pie frente a él. Me agarró del cuello y me besó. Era alto y tenía que ponerme de puntillas y echar hacia atrás la cabeza. Le rozaba el pecho con mis pezones. Me abrazó con los dos brazos y me levantó. Le rodeé con mis piernas mientras nos seguíamos besando y sentía como su polla me golpeaba el coño a través del pantalón. Me dejó en el suelo y me bajó el pantalón. Quedé de pie solo cubierta por una camiseta. Comprobó que estaba húmeda con su mano y se la chupó después. Me dio la vuelta y castigó mirando a la pared. No era lo que más me apetecía, quería verle la cara, pero cambié de opinión al sentir como su dedo me buscaba el culo. Me penetró con sus dedo varias veces. Yo estaba apoyada en la pared, detenida y con las piernas separadas obedeciendo a la autoridad. Sacó el dedo y se me escapó un “no” entre un gemido.

Levantó mi pierna desde la rodilla. Estaba completamente abierta apoyada en la pared. Acercó su pelvis a mí y sentí su polla buscar mi coño. Miré hacia abajo y pude ver el glande tanteándome. La serpiente encontró su lugar y el profesor embistió una vez. Mi coño joven y prieto paró la embestida y la polla quedó a mitad de camino, en la segunda, se rindió. La polla se barnizaba con mi flujo. Me la metía despacio y firme. No podíamos hacer ruido. Yo respiraba con la boca abierta y él me apretaba. Sentí su sudor en mi espalda. Me excitaba ver su mano agarrarme la pierna hacia arriba, casi flotaba. La pierna del suelo me flaqueaba y sus embestidas eran cada vez más largas y pesadas. Era un caballo jugando conmigo. Sentía en mi vientre la presión de su polla. Tuve que morderme los labios para no gritar. Él iba a terminar y eso me volvió loca. Me iba a correr otra vez. Me iba a correr por primera vez con una polla dentro. Se aceleró y me levantó sin dejar de follarme. Estaba en el aire, llevé una mano a mi clítoris y me terminé. Estaba tan cachonda que se me escurrió el orgasmo. Él lo notó y se corrió golpeando mi culo con su pelvis.

Me dejó en el suelo. Separó mis piernas y se sentó frente a mí para ver como salía su semen de mi coño gota a gota. Manché el suelo de leche y después él me limpió la chirla con su lengua.